No podemos escoger las cartas que nos reparte la vida. Pero si, como jugaremos la mano...

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viernes, 31 de mayo de 2013

El Camino del Norte. Día 2. Irún-Donosti

A las 6:15 (si, no es un error de transcripción) suena música irlandesa, que dista un poco de mi concepto de "despertar con música".  Técnicamente hay que desalojar el albergue a las ocho de la mañana, así que hay tiempo y me doy la vuelta dentro del saco.  Cuando me levanto, a las siete y algo, sólo quedan cuatro paisanos desayunando.

Lo de levantarme tarde y salir el último es para no olvidarme nada.  Si todo el mundo ya ha recogido sus cosas, lo que queda es mío.  Vosotros id tirando que yo ya... yo ya...  


Esta técnica tiene un inconveniente y es que muchos días terminas carretando cosas que se han olvidado los demás para devolvérselas al despistad@ de turno en el siguiente albergue.  Si lo encuentras, claro.  Mike, puto, además de dejarnos a todos boquiabiertos con tus ronquidos de tenor con amigdalitis, llevo tu bolsa de carga en el fondo de la mochila desde Irún.  Si lees estas líneas y piensas que, ahora, te la voy a devolver, vete untando de vaselina, mamón.  Te dejé recados por media ruta.  Y a Ohio no te la mando, vamos.  Tu ve haciendo otro Camino y yo ya te la iré dejando en la Oficina del Peregrino en Santiago.  Y eso porque no le encuentro utilidad alguna que si no...

Total, que a las ocho de la mañana todo el mundo lleva un rato caminando y yo aún estoy montando las alforjas.  Por supuesto, no comprobé antes de salir como se ajustaban y me entretiene un ratito colocarlas.  A estas empiezan a caer las primeras gotas de lluvia e Iñaki aparece para darme una bolsa de basura para meter el saco y que no se moje.  Una gran idea barata para preservar el elemento más importante, quizá, del equipaje.

Antes de empezar el Camino propiamente dicho, me quiero recorrer todo Irún, para ver como funciona el tema de los souvenirs.  Hay dos zonas al lado de la frontera con un porrón de tiendas donde la tónica es siempre la misma.  Alcohol y tabaco (por la diferencia de precio) y cualquier mierda pillada en un almacén txinatarra (chino, el euskera no es tan difícil) de Leganés (bolsos, zapatos, cinturones).  Nada con gracia u originalidad.  Los tenderos se quejan de que se vende poco, pero viendo el género que tienen expuesto es difícil decidir si la culpa es de la crisis o de su pésimo gusto para escoger la mercancía a vender.

Algunos no parecen darse cuenta de que esa época en la que se vendía cualquier baratija ya terminó.  Los souvenirs consisten mayoritariamente en toreros, flamencas, camisetas falsificadas del Barça y del Madrid, toritos, castañuelas y paellas.  Esa es la imagen que esa pandilla de anormales transmiten de los españoles a los franceses. "Es lo que se vende", alegan.  Es lo que te compran, patán, porque no tienes otra cosa.  Igual si tuvieras figuritas de Gaudí, cerámica tradicional, bordados artesanales y cositas con gusto no tendrías que darle antidepresivos a la caja registradora.  Los tiempos cambian, pero algunos no quieren darse cuenta, en fin.

Como estoy al ladito mismo de Francia, aprovecho para cruzar la frontera en dos pedaladas y aliviarme los intestinos en territorio gabacho.  Encuentro un garito que se llama "Chez Phillippe" y que tiene que ser un guiño del Destino.  Lo de ciscarme en Francia es un gesto más simbólico que fisiológico, pues muchas ganas orgánicas no tengo.  Pero me produce un alivio en el espíritu y eso siempre es bueno.  A veces los humanos nos reconfortamos con unas cosas tan simples...

Decido darme una vuelta para ver el centro de Irún y recorro el paseo que va bordeando el río.  El Bidasoa huele a cloaca y sus márgenes hacen que la Ría del Burgo parezca el Caribe, mi má, vaya cantidad de mierda...


El centro de Irún, ni fú ni fá y apenas hay dos calles con vida comercial interesante. Pregunto en Información que hay para ver en la ciudad y de su encogimiento de hombros y su carita de pena deduzco que lo mejor es ir hasta Hondarribia, un bonito pueblito marinero que está al lado mismo.  


Para el viaje no quise no llevar reloj, le quité el piripicho imantado de la rueda que sirve para contar los kilómetros (para no agobiarme si hacía pocos o relajarme si hacía muchos) y me dejé el gps en casa, para un rollo más Bidan Jones por la parte del hermano Paco o el primo Indiana que por la depresiva Bridget, que creo que es prima-hermana por parte de mi madre.  

Esto último (lo de dejar el gps) no fué buena idea (tampoco).  El Camino del Norte está señalizado de pena y no está de más llevarse un chismecito orientador.  Si tienes la app de Eroski que te marca el camino y tu posición en el smartphone, estupendo, así siempre podrás echarle un ojo en caso de duda.  Si el apóstol levantase la cabeza, vaya mierda de peregrinos se encontraría.  Aunque, la verdad, aqui, a peregrinar, pocos vienen.  Las motivaciones de la mayoría son el turismo, la evasión, el deporte o ejercicio y conocer gente y lugares de una forma más, digamos, de a pie.  Con 3G, eso si.

Dejo la ciudad y me adentro en el campo.  La fina lluvia sobre el rostro y el olor a hierba mojada me hacen sentir como un paleto de ciudad, como si no llevara notando esa sensación todos los días desde que empezó el año, es la misma puta lluvia que no ha parado de caer en Miño desde el día 1 de enero.  Supongo que será la emoción de la aventura que aflora por los poros.  Bien pasados los cuarenta y aún como un crío que va de campamento de verano.  Que conste que no quiero cambiar, soy feliz así...


Mi primera cuestita... La excusa de sacarle la foto me viene bien para coger aire.  Los pulmones empiezan a expulsar flemas feas, perfecto, es una de las cosas a las que hemos venido.


Después de esta cuestita, vendría un camino empedrado para flipar.  En el País Vasco, "lluvias intermitentes" quiere decir que ahora lloverá un poquito y luego, la hostia, lo que hace que los caminos de monte se embarren y se pongan remolones de remontar en bicicleta.  A mitad de la subida al Jaizkibel está el Santitegia Guadalupeko (Santuario de Guadalupe, el euskera no es tan difícil).  La virgen que hay es negra, pura raza vasca.  Los vascos son del color que les sale de los cojones, ¿sabíais?


En el santuario hago avituallamiento y compruebo que no sólo no voy bien para ir a Hondarribia si no que voy bastante mal.  Tendría que volver sobre mis pasos unos cinco kilómetros, cosa que no estoy dispuesto a hacer, más que nada porque luego hay que volver a subirlos.  Hondarribia queda anotado en la agenda para un próximo viaje.  

Cuando reemprendo la marcha, reemprende instantáneamente el tamborileo acuático sobre el casco.  A mi me gusta la lluvia, pero empiezo a pensar en la historia del estudiante Erasmus en Helsinki.  De momento, refresca el espíritu y purifica el alma.  Si sigue así, ya veremos. Por suerte, no hace frío.  ¿No querías aventura? Tooooma aventura, nada más empezar, bienvenido a Twin Peaks...

Desde el alto del Jaizkibel se debería ver Irún en toda su extensión.  Está ahí, debajo (o detrás, o dentro, no sé) de las nubes:

Momento memory total.  Una yegua acaba de parir un potrillo.  El pequeñajo aún no apoya las cuatro patas y la placenta está en la cuneta.  La madre, guiada por la sabia naturaleza, se dedica a lo que hay que dedicarse después de un buen esfuerzo, comer algo.  El potrillo parece mirársela como diciendo: "Tu ve comiendo que yo ya... yo ya me iré apañando...".

La bajada se empieza a complicar por momentos.  Aqui ya hay que empezar a pilotar la bici...

Y aqui sólo te queda bailar con ella y rezar.  Las muñecas empiezan a quejarse lo suyo.  Es curioso.  Pensaba que me podían fallar las piernas, los pulmones, la rodilla izquierda o la espalda.  No había pensado en las muñecas, que sufren de lo lindo.

Hay momentos en que me inunda la perplejidad.  ¿Realmente esto es una vía para una bicicleta con alforjas y una mochila a la espalda?  Debo ser más mariquita con la bici de lo que me creía.

Se divisa la Ría de Pasaia.  Al otro lado, nuestro objetivo más inmediato, San Pedro.

Calado hasta la médula, si en este momento veo a un tipo con un bote de pintura amarillo y un pincel, pintando flechitas, lo tiro al mar.  Sin equipaje, vale, recorrido entretenido.  Pero con media casa a cuestas, no me jodas...

Pasai Donibane es un pequeño pueblo, muy bonito, de casas de colorines ordenadas a los lados de una única calle que tiene paso alterno cada 10 minutos para cada sentido.  Algunos lo denominan "Territorio Comanche" y observando las pancartas de las ventanas ves a que se refieren.  Yo, de pequeño, ya iba con los indios.


No tiene tiendas pero si seis o siete restaurantes donde se tiene que comer de miedo y un mini-puerto donde atraca la barcaza que cruza la Ría.  Mientras la espero, despacho los sandwiches que me quedaban y me endiño dos tramadoles para acallar las muñecas.


Al llegar al otro lado, a San Pedro, se tiene una estupenda vista de Donibane.  Efectivamente, un lugarcito muy bucólico.  A estas alturas, la BB empieza a fallar por culpa del agua que ha ido recogiendo y apenas me atrevo a sacar la cámara por miedo a que se joda.

Nada más desembarcar, me meto en el primer bar que encuentro.  Son las cinco de la tarde, así que no tengo muchas esperanzas de comer algo consistente, pero lo intento.
- Muy buenas... ¿Tendrá algo calentito?
- Calentito no tengo nada, responde la paisana, bastante seca.
Salta a la vista, sólo hay que verla. Haría falta una resistencia industrial para...
- ¿Café tendrás, supongo?
- Eso si...
- Pues eso me valdrá.  Una poza bien grande, solo, triple de de azúcar.

Me lo tomo en la calle mientras fumo un pitillo y compruebo que las alforjas no son impermeables, como me dijo el novato de Decathlon.  Cuando decía "claro que sí" quería decir "no tengo ni puta idea pero no puedo reconocerlo", ya lo llevaba escrito en la cara.  Se me han humedecido la mayoría de papeles.  Los envuelvo cuidadosamente en servilletas y cubro las alforjas con dos bolsas de basura.  Me acuerdo de la cara del dependiente, pero la borro.  Total, cuando vaya otra vez ya no estará.  Seguro que no le renuevan el contrato... Echan a los que valen, imagina lo que duran los que no...

El pitillo se mojó y enciendo otro, resignado.  Un señor mayor, con una sonrisita algo irónica en la boca suelta:
- Menudo día para pasear en bici...
- Ya vé, respondo, encogiendome de hombros y poniendo cara de mártir camino de encontrarme con las 70 vírgenes esas, sequitas y calentitas.
- Y... ¿Está haciendo el Camino de Santiago? ¿Hasta Santiago va?
- A Santiago, si... - Y mi cara piensa en esa mantita de pieles rosadas...
- Pues ánimo, que le hará falta.
- No se preocupe, llevo de sobra.  La mantita humana se refrota, adaptándose a todos los rincones de mi cuerpo y soy feliz en mi dimensión recién creada...

El paisano apura su café y se pira, dándome una palmadita en el hombro.  Si es muy sencillo, hombre; las cosas no son como queremos que sean, son como son (a veces -pocas-, coincide). No son los acontecimientos los que nos generan los estados emocionales, es la manera de interpretarlos.  Es tan fácil (y complejo a la vez) como cambiar los patrones de pensamiento para hacer una interpretación adecuada y más positiva de la realidad. ¿Llueve? pues bueno, que llueva.  No puedo cambiar eso, así que sólo me queda bailar bajo la lluvia, si quiero disfrutar del día. Bailemos, entonces.

Sucede, también, que una cosa es la teoría y otra la práctica.  Y cuando además de llover empieza a hacer frío a uno le apetece poco bailar.  Y menos aún, solo.  Así que decido meter una pedaleada total hasta el albergue y darme una ducha calentita, que es lo que más necesito en este momento.

El trayecto duraría como una hora y poco, por recorrido urbano.  Recuerdo pasar por delante del resaurante de Arzak y cagarme en la madre de un gordo que estaba en la puerta, bajo el toldo, con un copazo y un puro y con cara de no tener un centímetro cúbico libre en su estómago.  Eso no es salir a fumar, es ostentación, pedazo de cabronazo, debería estar penado...

Al llegar a Donosti tengo la feliz idea de rodear el monte Urgull por detrás y entrar en la ciudad vieja por el muelle.  Meeeeeec! ¡error! La tarde ha levantado temporal y el viento hace que las gotas de lluvia parezcan agujas cuando se clavan en las piernas.  Definitivamente, por hoy terminé.  Me dirijo hasta el albergue que, claro, está en la otra punta de la ciudad.  Ya no viene de unos miles de metros más.

El Ondarreta está de lujo y por 13 € duermes, con desayuno incluído.  Lo primero que hago al llegar a la habitación es aprovechar que estoy solo en para ocupar todo el radiador con lo que necesito secar más urgentemente, billetes incluídos.  Ya ves, metido en el negocio del lavado de dinero sin quererlo, señor guardia, yo sólo los estaba secando...



Me tumbo un ratito y me masajeo las rodillas y las muñecas con la pomadita mágica.  Al final no viene nadie más y me queda toooooda la habitación para mi solito.  Me visto y salgo para buscar un sitio donde cenar algo, que tengo un agujero cósmico en el estómago.


Estando entretenido con un bocata de pato con queso (really delicious) me llaman de una mesa cercana donde hay cuatro paisanos con los que coincidimos en Irún, que me invitan a sentarme con ellos.  Imposible negarse...


El rioja siempre facilita las relaciones interpersonales y fluyen cantidad de anécdotas internacionales sobre el Camino y sobre diversos viajes.  Conmigo está Jose, el gibraltareño, un asutríaco, un holandés y el tipo de Nueva Zelanda, el espíritu del Camino en persona.

Una conclusión es clara: haciendo el Camino, todo el mundo mejora como persona.  Se ven las cosas con mucha más claridad porque se suele respirar mejor y se tiene tiempo para pensar más despacio y más rato sobre las cosas.  Hay una máxima que todos los que lo hacemos aprendemos idefectiblemente: "No hace falta tanto para vivir feliz".

La tertulia me viene estupenda para desoxidar mi inglés hablado.  A las 11 de la noche estoy metido dentro del saco, con dos pirulas de tramadol, dos de diclofenaco y dos lexatines en el estómago, sobre el menú de peregrino que me metí después del bocata de pato.  Ha sido un día muy intenso y, admitámoslo, divertido, a pesar del agua.

Hoy gasté 38 €, tabaco incluído.  Fué el último paquete que compré.  Total acumulado: 97 €
Tomé 4 tramadoles, 3 diclofenacos y 2 lexatines, exactamente la dosis diaria que me tiene recetada la médica de cabecera y que nunca llego a consumir ni por asomo.  Fué una jornada excepcional, sin duda.

Todas las fotos del día están en un album en feisbuc.