No podemos escoger las cartas que nos reparte la vida. Pero si, como jugaremos la mano...

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jueves, 30 de mayo de 2013

El Camino del Norte. Día 1: Miño-Irún

Mientras la estaba embalando (joer, tuve que buscar como se escribía correctamente, empezamos bien) pensaba en los 127 pavos de la puesta a punto de la bicicleta.  Cambio de la transmisión, del cambiador, pastillas y ajuste de cables.  Por ese precio casi que me compraba una nueva.  Según el mecánico, la transmisión no hubiese aguantado el tute.  Se ve que esa "manía", como le llama él, de meterla en la playa no le sienta muy bien a los rodamientos.  Pienso en el gran placer que es pedalear en un palmo de mar y me la pela.  Ha durado seis años. Probablemente debería tener una bici chunga para esa gozada y reservar la buena para que dure, pero claro, nunca sabes cuando vas a terminar metido en el agua, depende del día... Divagar sobre tonterías mientras haces tareas rutinarias es la mejor manera de que no te agobien...

Siempre que tengo que salir de casa con una maleta tengo la desagradable sensación de que me olvido algo.  Cuanto mayor te haces y mejor organizado tienes tu espacio vital, más te cuesta salir de él.  Al menos, a mi me pasa.  En La Cueva hay un sitio para cada cosa y la tranquilidad de saber que están ahí, aunque las use dos veces al año, se desvanece cuando tengo que abandonar mi zona de confort por más de una noche, provocándome una ligera ansiedad.  Solución: un lexatin.  Aún no hemos salido y ya empezamos con el doping.  Voy a pedalear, así que tampoco me siento mal por drogarme un poquito.  Los gatos notan que me piro y me miran con rencor.  Trato de ignorarlos, pero saber que les dejo prácticamente sin compañía durante no sé cuanto tiempo, con lo sociales que son con la gente, tampoco me ayuda a relajarme.  Solución: otro lexatín.  La noche antes de la salida duermo como un bendito.

Al final, y teniendo en cuenta que no hay tantos albergues como en el Camino Francés llevo equipo de más, sobre todo mudas de ropa, porque no sé cada cuanto podré hacer una colada bien hecha.  Lo patético es el apartado de cables; cuatro cargadores diferentes (BB, tablet, mp3 y batería de la cámara) y media docena de adaptadores.  Hace dos días que tengo la tablet y aún no la piloto, así que me llevo también el e-book.  Dos reproductores mp3, 8 gigas de música en total, la cámara de fotos, la susodicha tablet y el móvil.  No voy a desconectar, está claro.

Debo llevar un par de kilos de peso en tecnología, que podría ahorrarme perfectamente.  Bueno, la cámara es imprescindible.  Y los reproductores de música, también.  Como mínimo sirven para acallar los ronquidos en los albergues.  Y, vale, un enfermo de la música como yo no iba a estar dos semanas sin escuchar canciones, sobre todo por la mañana, que son mi cafeina... Y la tablet es por cuestiones de curro y excusas para meter algo en la mochila hay doscientas y vale, habíamos hablado de la zona de confort y eso...

El otro apartado preocupante es el neceser-botiquín.  Hace diez años habría llevado un bote de sanex, dentrífico, after-shave y listos.  El que ahora llevo ocupa más sitio que el de la última novia que tuve, que ya es decir.  Es cierto que llevo un buen acopio de analgésicos (tramadol), relajante muscular (lexatin) y antiinflamatorios (diclofenaco), podría montar una farmacia. Pero llevo media docena de pijaditas (que no enumeraré) que son perfectamente prescindibles, en teoría.  Al final, las usaría todas, también, cosas de la edad.

Con la excusa de las alforjas, no he mirado demasiado lo de ahorrar espacio.  Al final del viaje, al menos, descubriría que usé todo lo que cogí, con lo que tan mal no estuvo montada la mudanza.  No voy a poner la lista completa de lo que me llevé porque me da pereza y porque paso de que me llamen (con razón) nenaza.  Eso sí, no encontré a faltar nada.  Medalla al canto que me pongo, que no me quedan abuelas y mi mamá vive a 1000 kilómetros de aqui.  El que quiera una orientación de lo que hay que llevar para esta aventura en bici, hay un tipo que tiene una página estupenda al respecto.

Renuncio a calibrarme en la báscula.  Se que ando cuatro o cinco quilos pasadillo de peso pero no quiero que gente, tiempo, kilometros o gramos a perder marquen el ritmo de viaje.  Vamos a fluir, con todas las consecuencias.  Y cuatro o cinco mil gramos no son problema para una operación bikini exprés y menos teniendo en cuenta el tiempo que está haciendo, que bikini vamos a llevar pocos días.

Hice compra en el super para el viaje y llevo fruta, yogures y sandwiches diversos.  La bicicleta la envolví con 100 mts de film para congelación.  Según los de Información de Renfe, la podía llevar como equipaje, siempre y cuando desmontara rueda y pedales y la empaquetara de tal manera que no superara norecuerdo que medidas.  No estoy demasiado seguro de que lo haya hecho correctamente pero nadie me dirá nada en la estación y terminará discretamente en la bandeja de equipajes del vagón.  El billete, comprado por internet, me ha costado 28,50 €, una ganga, por cruzar el país de una punta a otra.


Por supuesto, algo tenía que pasar por la mañana para empezar la aventura con emoción y el tráfico entre Ferrol y Miño debía estar la mar de fluído, porque el autobús pasó cinco minutos antes de su hora habitual, tres minutos antes de la hora que pone en el horario oficial y me pilló en el parking sacando la bici.  Si, ya sé, los horarios son orientativos y hay que estar en la parada con antelación.  A mi me gusta apurar los tiempos, es una tara que no consigo quitarme.  A esa hora de la mañana no se han levantado los taxis de Miño, pero siempre hay un colega del que tirar y termino llegando a la estación de tren con siete minutos de sobra, con tiempo de fumarme uno de mis últimos pitillos después de acomodar los trastos.  

En el lapso de veinte minutos que tarda mi amigo (y socio) en venir tan amable y resignadamente a recogerme aparece Maceiras, el médico y ex-alcalde.  Tomamos café juntos y me cuenta una primicia pokeril que no me permite divulgar hasta que sea oficial.  ¿Pá que me lo dices, entonces? ¿Para hacerme rabiar o para que lo cuente por lo bajini añadiendo "pero no se lo digas a nadie"? Yo, es que de maruja tengo cero y opto por la primera opción.  Diez minutos, que es lo que tardo en guasapearselo a mis colegas de Pokerviú mientras me recoge mi colega y volamos hasta la estación de Renfe o Adif o como se llame ahora el tren.

El día anterior intenté contactar con el albergue de Irún y con el de Hondarribia pero no pude hacerlo, malo será que no tenga donde dormir al llegar.  Decido echarle fe (o confianza en el Universo, como queráis llamarle) y me relajo enchufando el e-book y apoyando la cabeza en la ventanilla.  

Me ha tocado al lado una muchacha bonita que va hasta Vitoria, según reza su billete, pero no me apetece para nada conversar con nadie y me enfrasco en la lectura de "Pensar rápido, pensar despacio" de Daniel Kahneman, un libro que estoy releyendo y que tengo que volver a leer una tercera vez tomando notas porque me parece lo mejor que me ha caído en las manos (de lecturas hablo) en los últimos cinco años, si no más. Que te expliquen como funciona tu cocorota ayuda muchísimo a entender porque actúas de una manera tan estúpida (a veces) sin ser, técnicamente, un estúpido.

Antes de llegar a Santiago ya me he dado cuenta que el Off and On de Findlay va a ser la banda sonora de este Camino.  Que poderío de voz y de guitarras.  Me va a ahorrar la mitad de cafés matinales con todo ese derroche de energía directo a la vena.  Redescubro con deleite el placer de la lectura.  Últimamente no he leído apenas nada, muy probablemente por la frustración de no ser capaz de hilvanar decentemente la novela que empecé.  Al no poder escribir supongo que le cogí aversión subconsciente a la lectura.  Ese tapón también desaparecerá en los días que vendrán.

Mi compañera de asiento lee Lo que mueve el mundo, de Kirmen Uribe y escucha música (al menos lleva los auriculares puestos) y yo leo lo de Kahneman y escucho música.  Pienso que va a ser muy incómoda la situación durante siete horas y pico sin cruzar conversación, pero sigue sin apetecerme hablar.  Y yo tengo la ventana, que permite hacer ver que te extasió el paisaje y estás en una dimensión superior de sensaciones.  En Santiago, para empeorar la situación se llena el vagón y no hay posibilidad de reubicarse en ningún otro asiento.  Me toca una chica bonita y me quejo...  Si llega a ser un viejo mugriento vete tu a saber...

Al llegar a Orense, aún no he conseguido dormirme, con lo fácil que lo hago en los transportes públicos.  Empiezo a putearme un poco porque no paro de bostezar.  Demasiado cansado para leer, demasiado poco para dormirme.  Decido endiñarme un lexatin y dos petit suisse de la marca blanca de Dia.  El plástico se quiebra fácil y el método de succión directa (que ahorra el empleo y limpieza de una cuchara) no funciona del todo bien.  No compraré más esa marca, a pesar de que el contenido sabe mejor que el original.  No soy de comerlos con cubiertos. 

No echo fotos del paisaje gallego porque me lo sé de memoria y el cristal está bastante guarrete como para conseguir alguna instantánea decente. Algunos guiris no paran de soltar grititos de admiración ante el desparrame de verdor.  Es cierto, cuando algo se te hace cotidiano, sea bueno o malo, dejas de apreciarlo como tal.  

Notita mental: salir más a menudo de casa hacia el sur, para disfrutar de la vuelta, después de haber estado en sitios peores.  La imágen de la hamada sahariana me viene instantáneamente a la cabeza y me acojona un poco.  No me gusta la playa por la arena y necesito tener el mar cerca... ¿que coño hago yo en medio del reputo desierto?  

Recuerdo cuando me llamaron Bidan por primera vez, recuerdo los ojos verdes que añadieron Gamar al sustantivo, allá por 1998 o 99, pero no recuerdo cuando adopté el apodo como propio, después de haber perdido el contacto con aquellos hombres azules saharauis en 2002.  Supongo que sería un intento inconsciente de justificar mi desaparición.  Estoy en deuda con ellos, me inculcaron dos de los pilares fundamentales que sustentan mis principios.  Y las deudas hay que pagarlas.  

El Camino... ¿se aclara por momentos o es un sueño? Despierto con la boca espesa y el lexatín bloqueando la sinapsis.  El paisaje no me ayuda a orientarme, ya hemos entrado en esa parte de España horréndamente monótona, donde es imposible saber ni donde estás ni a dónde tienes que ir sin ayuda de instrumentos mecánicos cuando el sol desaparece, cosa que sucede en ese instante.  Podríamos ir en cualquiera de las cuatro direcciones cardinales y el cuerpo no notaría la diferencia.  Ver esa puta mierda que parece un eterno copy-paste de la naturaleza todo el día debe influír en la tasa de suicidios de los lugareños.  Sobre todo en invierno. Una voz me recuerda que el paisaje del desierto variado, variado, no es que sea.  Perfecto, añadiendo argumentos en contra, que la idea no tiene ni pies ni cabeza alguna.


Le doy al play del reproductor y la inconfundible voz de Karen O me anuncia que tienen canción nueva.  Cuando los Yeah Yeah Yeahs (que nombre tan horrendo para una banda de rock) se ponen serios hacen canciones muy buenas.  Sacrilege va al zurrón sin pensarlo dos veces. 

Lucía (la he bautizado así por ponerle un nombre) se ha despertado y entre sus gadgets y los míos hay un buen cristo en nuestros asientos.  No te preocupes son las primeras palabras que cruzamos en todo el trayecto. Recojo parte de mis cosas y me acomodo en el otro lado del pasillo, dos asientos más atrás, lo que permite que, si quisiéramos, nuestras miradas se podrían cruzar con más facilidad que antes, cuando estábamos sentados juntos.

Me he vuelto poco sociable con los desconocidos, no sé porque, pero no me apetece conocer gente nueva, últimamente.  En la cafetería un tipo de Donosti me ofrece una conversación en principio agradable, pero me irritan los temas banales.  El puto tiempo, la puta crisis y el puto Gobierno.  Siempre lo mismo, la misma repetición de frases  memorizadas en de alguna tertulia barata de taberna.  Educación, ya sé.  Ahora mismo puedo prescindir de ella; necesito hacerlo, quiero que me dejen en paz unos días, es muy sencillo. 

Me pongo un programa de radio, en casa me provoca sueño y aqui surte el mismo efecto.  Cuando vulevo a despertar, el paisaje es algo más verde, pero el verde tampoco es que sea una pista muy válida, todo el norte lo es.  No llevo reloj, es imposible saber donde está el sol y calcular que porcentaje de las once horas y media del trayecto llevamos hechas es inútil.  Podría preguntar, claro. ¿Que más da donde estemos?  Está libre la butaca individual que está frente a la silla de ruedas para pasajeros con movilidad reducida y aprovecho para derramar mi organismo entre ambos asientos.

Mientras como otros dos sandwiches de queso de untar con pechuga de pavo entre rebanadas empapadas de aceite de oliva extra virgen (hice los 13 iguales, en honor a John Ford y a la comodidad de la ¿cocina?: fácil y rápida, por favor) pienso si estaré perdiendo la oportunidad de conocer mejor a Lucía, que puede ser una mujer interesante.  Este pensamiento me provoca una enorme sonrisa cargada de sarcasmo y me doy cuenta que estoy algo resentido por algo que hay que sacar afuera en los días que vienen.  Cinco minutos después, estoy paseando en camello por el desierto, con un AK-47 en los brazos y prefiero entretenerme en esa estúpida escena semi surrealista que en valorar la posibilidad de hablar de algo banal con ella.

En Sahagún fumo medio pitillo.  Es curioso...  Llevo quince días avisándole al cuerpo que la dosis diaria de nicotina se va a terminar cualquier día de estos y parece preparado.  A pesar de que debo llevar cuatro o cinco horas sin fumar no me apetece hacerlo.  He intentado aplicarme una especie de auto hipnosis durante las sesiones de meditación matinales y parece que van a funcionar.  Mi mente tiene claro que ya no voy a fumar más.  Ahora falta que el cuerpo y el subconsciente entiendan y acepten el mensaje.  Al subir, el vagón se vuelve a llenar y me tengo que sentar otra vez al lado de Lucía.  Sigo sin interés alguno por su vida y ella sigue sin ninguno por la mía.

El revisor, que es el tercero diferente que pasa, me informa que la bici no puede viajar, según la normativa. Le explico lo que me contaron los de información de Renfe. "Los de información no tienen ni puta idea", sentencia y me recita dos artículos del reglamento de carrerilla.  Ese rollito aleccionador ya lo conozco y no es peligroso.  Quiere meterme miedo para hacerse el bueno al final, así que le dejo hacer.  De todos modos, para bajarme del tren va a necesitar a los GEOS.  Efectivamente, al final sentencia: "Mira, no voy a ser yo el malo que te baje aqui, en medio de la nada, cuando no te han dicho nada al subir en la Estación.  Pero que sepas que la bici no puede subir".  

Esbozo una sonrisa muy forzada y le doy las gracias al perdonavidas, que se aleja meneando la cabeza condescendientemente.  Si me da la chapa dos minutos más, lo mando a tomar por culo con todas las letras.  ¿Tendré la culpa yo de que su mujer lo haya dejado por un trompetista?  Puto país, como más hundido está, más gente aparece que te pretende enseñar como tienes que hacer las cosas.  Pero no las importantes, las que solucionarían los problemas.  Siempre son chorradas que no llevan a ninguna parte.  Cualquier día nos meterán un anuncio sobre la manera correcta de limpiarse el ojete para ahorrar papel higiénico.  Cuando responda que yo utilizo toallitas húmedas para bebés seguro que me llamarán maldito burgués despilfarrador y me declararán no apto para cualquier subsidio o pensión por gastar un céntimo cada vez que me higienizo después de ir de vientre. 

A partir de Miranda de Ebro la monotonía del paisaje se rompe y las luces de la tarde invitan a contemplarlo.  Esta vez si, me coloco en otra dimensión de sensaciones cromáticas y mi ánimo parece que se va relajando un poquito más.  Conforme avanzamos entre montes, me voy sintiendo cada vez mejor, más en mi ambiente.


En Vitoria-Gasteiz, Lucía se apea y oigo su voz por primera vez en diez horas. "Hasta luego", sonríe. "Hasta otra", le devuelvo la sonrisa.  Tengo que desbloquearme.  La muchacha emanaba vibraciones positivas.  No está el mundo como para ir rechazando energías positivas...

Al llegar a Irún, el aspecto del equipaje es el siguiente.  La bici, ciertamente, tiene un traje cómico.  Yo, si fuera revisor, no dejaría subirla de esa manera, aunque lo permitiera la normativa...


No tengo ni idea de donde está el albergue, pero el instinto me lleva en menos de diez minutos. Es un piso doble del ayuntamiento con dos literas en cada habitación. Acomodo la bici en el bajo, me acredito y escucho.  El hospitalero, Iñaki, está de voluntario durante diez días, una fórmula interesante para conocer gente.  Anima a todo el mundo, aconseja y caldea el ambiente, lo que no es sencillo, aunque se lubrica con una botella de licor de hierbas.

Estamos 25 personas y hay 13 nacionalidades; España, Francia, Alemania, Nueva Zelanda, Australia, Irlanda, Malta, Gibraltar (UK), Estados Unidos, Bulgaria, Italia, Holanda y la mía, una buena macedonia que se medio entiende en inglés, contando anécdotas de otros Caminos anteriores.


Me dan la cama de arriba al fondo.  Mike, el calvorota de la foto, roncaba como un cabrón pero yo no me enteraría hasta que me levanté a hacer pis sobre las cuatro y me encontré a Veronika desesperada por no poder dormir.  Yo me coloco los auriculares y le zumbo al volumen, pero siempre llevo unos tapones de espuma por si me quedo sin batería en el reproductory se los regalé.  Le explico que, en caso de emergencia supersónica, también se puede fabricar unos con papel higiénico humedecido.  Con Veronika, que me agradeció como tres veces en días sucesivos lo de los tapones, terminaríamos empatizando a base de coincidir a menudo.  El roce y eso, hace que la gente parezca menos imbécil.  A veces hasta agradable y todo...


El colchón estaba bien y dormí de puta madre, esa noche.  No recuerdo si soñé con camellos y arena o con danzas del vientre o con qué, la verdad.  Los relajantes musculares tienen esa ventaja, la de hacerte dormir a gusto.

Gastado en el día: 59 €
Doping: Dos lexatines, una de tramadol y otra de diclofenaco.  No cuento los dos lexatines del día anterior, el de los preparativos.

Si alguien quiere ver todas las fotos del día, las colgué en un album de feisbuc.

2 comentarios:

Eze dijo...

Como extrañaba estas crónicas de tus viajes....son insuperables ¡¡¡¡¡

Bidan dijo...

Estarás entretenido estos días, faltan 15 más...

Un abrazo y gracias por pasarte por aqui!